Microtextos de exterior

Hernán Casciari

Ando estos días ojeroso, preocupado, sin tiempo para tomar notas. Sufro de seres en la cabeza. Personas ficticias, por lo general. Personajes. Hernán Casciari los llamaría bestias peludas, dos palabras poderosas que le sirven para definir a aquellos que son buenos en lo suyo. Para mí, en cambio, son tipos que hay que controlar, brotes onerosos, cagones de colores, crueles melenudos.

Hernán tiene más o menos mi edad. Es un gordo convencido al que le aterra mostrar su papada en televisión. Si le proponen un programa flaquea, duda de la idoneidad, se inventa cualquier excusa para justificar su ausencia, ¿vos los viste?, se esfumó. Yo, al contrario, represento al nuevo flaco, al fideo reciente, soy la amenaza de la especie, un delgado de rebote, un gordo virtual. Me disgusta lo pesado, y lo somero, así que me muevo en un terreno afrentoso, en un ladrillo escaso, ¿vos me viste?, me ofendí.

Así que Hernán y yo somos distintos. Él escribe fino, vive lo que cuenta, habla con las teclas. Yo me enredo en el teclado, cuento lo difícil, vivo en complicado. Solo hay algo que nos une, un punto claro de adherencia. Ambos dormimos. Poco, pero a tiempo. Y en ese instante somos dos gordos que duermen, dos que roncan felices. Angelitos.