Microtextos de interior

14

Esta mañana muy temprano escribí la primera letra de mi nueva novela. Otra. A mi me parecen más, pero es la segunda, un número, el dos, con el que empiezo a pensar en dejar de escribir. No puedo permitirme que justo en este momento surja alguien que descubra mi talento. Con la primera lo hubiera permitido, pero ahora, en pleno declive, escribo para mis legatarios. ’14’ fue una gran novela. Duerme el sueño de los justos, esperando su momento, que será cuando yo la espiche, al parecer.

Llega un tuit. Mierda, son como las noticias. No existía Twitter en la universidad. Claro que hablamos de finales del siglo XX. De entonces recuerdo el tablón de anuncios del decanato y la moviola de la cafetería grande, la de periodismo. Moviola porque siempre había alguien con un mensaje para ti y moviola porque dicho mensaje, invariablemente, necesitaba una respuesta que siempre partía hacia el mismo lugar pero con otro destino. La cafetería era un centro de distribución labial a escasos metros del fin de la era analógica. Los móviles aún no existían, al menos en el tú a tú, y, la verdad, si en aquel entonces me explican lo del ‘doble check’, me rio en la cara de cualquiera.

Llega un tuit, digo. Dice: Las malas compañías arruinan la carrera de un escritor. Supongo que se refiere a las malas influencias, aunque, pensándolo bien, son cosas bien distintas. Explica, en ambos casos, que mi carrera transcurra en los alrededores de la salida, mientras una urdimbre ingente de escritores corren como posesos hacia la meta. Resulta que soy amigo de Francesc Bon, algo malo tenía que tener.

Me acuesto con una buena noticia. Parece que Antonio Muñoz Molina echa de menos a su correctora de El País. Parece que ganarte la vida escribiendo y encima hacerlo medianamente bien no te libra de errores ortográficos, sintácticos y tipográficos. Por mucho que uno revise el texto, por mucho que te esfuerces en pulir cada línea, letra a letra si es preciso, uno o más errores permanecen allí, siempre. La Ley del efecto, ensayo y error es inmutable.

Doy las gracias en silencio a don Antonio por su confesión, apago la luz, simulo que duermo durante unos minutos y me levanto. Ya. Se trataba de un amago. En algún momento de la madrugada verá la luz la segunda letra de mi segunda novela.