Microtextos de interior

La fiesta

Más que precipitarse al vacío, entrar en un hospital es ir conociendo poco a poco ese tipo de aburrimiento magnífico que consiste en traspasar una puerta, subir en ascensor, dar con el número y conquistar tu territorio, un espacio inexacto que el destino te ha puesto ahí y en el que apenas dispones de una silla reclinable y un paciente al que mirar. Una fiesta en la que entras y no tienes claro cuándo vas a salir, donde la vida se aparta a un lado y te cede el paso, a dos manos, en un inoportuno gesto que parece un saludo pero, en realidad, es un rejón envenenado, una entrada angosta a la intangibilidad, cuarto y mitad de verdad dudosa. Entras y nada depende de ti. Te sientas y nunca es la probabilidad más alta. Te marchas y tu cabeza se empeña en seguir allí.

Hoy estuve. Digamos que sigo sentado allí. Enfrente, mi padre. Dice: ¿No hablarás mal de la gente? Y yo le contesto: A veces, pero luego me arrepiento. Les cambio el nombre, escondo sus esquelas prematuras, hago correcciones, afino, rehago correcciones, a algunos hasta los borro, papá. Él me dedica unos segundos de miradas severas y luego sonríe. Añade: Eres un ganso, y mientras, las letras de mi nombre se expanden por el aire, lenta y pausadamente. Un nombre completo, perfecto en su integridad, supino. Y es que mi padre, cuando dice ganso, si no estoy, es que ando cerca.